Miguel Pajares. Público, 30/11/2025
Hay una estrecha relación entre la actual movilidad humana y los daños crecientes que provoca el cambio climático. Lo más visible y que mejor conocemos es la movilidad repentina que causan los impactos hidrometeorológicos, tales como los ciclones, las DANA y las correspondientes inundaciones, que están haciéndose cada vez más intensos y destructivos, debido a que está subiendo la temperatura superficial de los océanos y a que la atmósfera, también más caliente, contiene más humedad. El pasado año, 40,8 millones de personas se vieron desplazadas por esas causas, lo que supuso un fuerte incremento respecto a años anteriores, y en el presente año 2025 vamos por el mismo camino.
Pero eso no son migraciones climáticas. Son desplazamientos internos (sin salir del país) que, además, son temporales, ya que la mayor parte de la gente vuelve para reconstruir su hábitat cuando los vientos se han calmado y las aguas se han ido. Según datos del Observatorio de los Desplazamientos Internos (IDMC, por sus siglas en inglés), de todos los desplazados internos producidos por esas causas en los diez últimos años, solo el 3,7% se mantenían desplazados a finales del 2024.
Las migraciones climáticas son más silenciosas y el conocimiento que tenemos sobre ellas es fragmentado. Tienen más que ver con los impactos climáticos de generación lenta. Aluden a la gente que abandona su hábitat cuando la productividad de los cultivos o los pastos ha bajado drásticamente por el calor, el incremento de las sequías o el cambio de los patrones de las lluvias, o cuando la costa en la que pescaban está desapareciendo, o cuando encontrar agua potable se hace cada vez más difícil. En esas situaciones, la gente va emigrando de forma paulatina (lo que enmascara esta migración como económica), pero ya no lo hace de forma temporal, porque, cuando desaparece el hábitat, no hay donde volver.
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